La sociedad actual ha experimentado una evolución desaforada por su inaudita velocidad. El estilo de vida en una sola generación se ha transformado radicalmente, pues en apenas un suspiro, en términos sociológicos, se han modificado usos sociales como el del trabajo femenino, en casas en donde solo trabajaba el marido, a trabajar los dos y claro, pasar a necesitar una asistenta, todo tipo de aparatos electrodomésticos, la guardería de los abuelos, o la otra con comedor, tener varios y necesarios coches, con distancias kilométricas en perfectas autopistas, trenes de alta velocidad.
Sin embargo, pese a ¿tantos? avances vivimos estresados, con altos índices de depresión y ansiedad y una gran dependencia farmacológica que nos ayude a seguir la carrera. Por lo que la pregunta es si no tendrá algo que ver esta velocidad y el exceso de ocupaciones modernas.
Estas preguntas, empezó a hacérselas Carl Honoré, autor de una obra el ‘Elogio de la lentitud’, defendiendo el movimiento slow como una filosofía de vida que apuesta por el modelo de siempre, lento, racional, que anima a reducir la velocidad vital, a la relajación y el disfrute de lo que hacemos, sea lo que sea y siempre buscando una vida más tranquila, feliz, emotiva, saludable y humana; más auténtica y real. El movimiento ‘slow’ habla de controlar el tiempo, no de que nos controle.
El movimiento nació inicialmente en Italia como protesta a los ‘usos’ y modas que se han colado de tapadillo como la comida rápida, precocinada, el comer en el trabajo o transporte, etc. Con el nombre de slow food, salía en defensa de los productos frescos y locales, las recetas de nuestros mayores, en fin la vida sana. En medioambientum se puede encontrar más información sobre esta forma de vida, posteriormente se acuñaron otros conceptos a partir de este como citty slow (ciudades lentas) o restaurantes KM0 entre otros, que se han ido incorporando a la cada vez más progresiva idea global de una vida más lenta y humana.
Autor: Daniel Morales.
Imagen: ecoturismo.org
